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Carta de un Zapador

El Rincón del Zapador


CARTA DE UN ZAPADOR PARACAIDISTA


Mi nombre es Cristóbal María Caro Porrúa, y fui Zapador Paracaidista perteneciente al curso 267. Estuve en el ejército entre el 15 de Julio de 1975 y el 15 de Marzo de 1977, y  soy de Coria del Río (Sevilla).
Por un militar allegado, recientemente he sabido de la existencia de páginas webs que tratan temas afines con los Zapadores Paracaidistas, y no he perdido el tiempo: Llevo dos meses empapándome de todo aquello que encuentro en la red, y que atañe a la que fue y siempre será mi Escuadrilla, hoy felizmente convertida ya en Escuadrón. Hasta que al final me he preguntado a mi mismo ¿Por qué no escribes algo tú también, hombre?... ¡Sí! Voy a escribir. ¿Pero de qué? Da igual; alguna cosa saldrá, me contesté.

No lo he pensado más, así que dicho y hecho. Intentaré transcribir aquí algunos recuerdos de mi paso por aquella Escuadrilla. Veré si soy capaz de recordar a todos sus mandos incluyendo la tropa reenganchada, y ya, de paso, procurar convenceros de que el azar quiso que el mío fuera un curso señalado por una serie de sucesos notorios. Ni buenos, ni malos. Simplemente cosas que pasaron. Curiosidades, sin más importancia, pero que lo hicieron diferente a otros cursos. Sobre todo porque allí nos tocó vivir una época de cambios. Y lo contaré a mi manera, sin guardar un orden, sin ponerme censuras, y sin seguir un guión preestablecido, sino conforme me vayan aflorando esos recuerdos.

De lo que aquí cuento han pasado ya treinta y cinco años, y algunas cosas, por mucho que me empeñe no las recordaré tal como ocurrieron en la realidad. Por otro lado mi visión de aquella época era la de un joven de entre diecinueve y veintiún años, al que lógicamente faltaban madurez y criterio, lo que me puede llevar a errores en cuanto a apreciación e interpretación de algunos hechos que pueda recordar de manera más idealizada que veraz. Por todo ello pido perdón de antemano si me equivoco, y estoy dispuesto a rectificar cuanto sea necesario. Pensad simplemente que en mi propósito está contar la verdad de cuanto recuerdo; que esos recuerdos no son más que retazos de mi memoria; y que la memoria a veces nos traiciona.

También debo decir que cuando La Escuadrilla tornó a Alcantarilla una vez finalizada su misión en Gran Canaria, me salió un nuevo trabajo en la Unidad: Por las tardes tenía que estar en la oficina ayudando al Brigada Núñez y a aquel personalísimo Cabo Fulgencio (Chencho). Ya en el último tramo de mi mili pasaba en la oficina casi todo el día, con lo que me libré de no poca instrucción de combate, instrucción de orden cerrado, marchas… Y quizá por mi carácter prudente y discreto, allí en la oficina llegué trabar amistad y lograr cierta intimidad prácticamente con todos los mandos. A algunos, aunque realmente pocos, los llegué a tutear sólo porque ellos mismos me lo pidieron. Otros me contaban cosas. Rumores más que nada, y esperando siempre alguna otra información que les pudiera llevar, y de la que me creían poseedor. ¡Sí..! Allí estuve a gusto… Y desde allí, aparte de mi trabajo ordinario, redacté repetitivas solicitudes de reenganche por seis meses, para esa parte de la tropa que deseaba continuar en filas. Cambié destinos en lo que llamábamos Cajetines: Aquellos bonos para viajar en tren o barco, y por cuenta del Estado, durante los permisos de la tropa. Intenté explicar algún tema o ayudé a resolver problemas a alguien que estaba haciendo un curso para ascender. Rellené impresos o hice  escritos sobre asuntos particulares para más de un sargento. Redacté un parte por escrito de un cabo reenganchado que quiso denunciar a un superior y no sabía como hacerlo (por suerte, con el parte ya en la mano pude convencerlo para que no lo presentara). Y sobre todo escribí cartas, muchas cartas con poesía incluida, para novias ajenas a las que jamás conocí, y ni tan siquiera vi. Ahora me río de aquello, pero entonces… Parecía que me recomendaran unos a otros. Venían y me decían: “Porrúa, te quería comentar que he vuelto amargado del permiso, tras haber peleado con mi novia. ¿Por qué no me ayudas a escribir una carta, de esas que tú sabes, a ver si arreglo el asunto? Pero como la que le escribiste a la novia del Cabo primero… ¡Sí! Es que me la enseñó… Pero tú no le digas que te lo he comentado…”. Por aquellas cartas supe de algún Zapador que había sido burlado por la mujer a quien tanto amaba. Por aquellas cartas fui de los primeros en saber que algún Zapador había dejado preñada a la novia. Y en agradecimiento a aquellas cartas, llenas de verdades y de mentiras, me invitaron a merendar algunas veces en la cantina: Bocadillo de frito y vaso de vino que nos servía Antonio, a quien había conocido haciendo él también la mili en Instructores… ¡Que bueno!    

Pero entremos en materia. Decía más arriba que el 267º había sido un curso singular en algunas cosas, y voy a explicarlo. Por ejemplo: Fue el primer curso en no saltar desde el Ju-52, pues tanto el curso en sí como los posteriores saltos ordinarios ya en Zapadores, los efectuábamos siempre desde los Douglas DC-3 del 721 Escuadrón de Vuelo; aunque, puntualmente, en ejercicios tácticos también llegáramos a saltar desde el T-9 Caribú, el C-212 Aviocar, incluso el C-130 Hércules.

Ese reemplazo mío llegó a La Escuadrilla prácticamente a la vez que lo hacía el Capitán Beltrán haciéndose cargo de La Unidad. Y éramos todavía reclutillas cuando fuimos destacados a la Base Aérea de Gando, en Gran Canaria, con motivo de la Operación Golondrina que sobrevino a lo que se dio en llamar La Marcha Verde. En esta misión estábamos cuando se produjo la muerte del anterior Jefe del Estado. Realizamos el primer desfile en La Castellana presidido por Su Majestad el Rey. Incluso, como anécdota, baste decir que días antes de que el 267º se licenciara, se iniciaron unos trabajos de movimiento de tierras en las inmediaciones de la pista de despegue y aterrizaje del aeródromo, al propio tiempo que llegaron dos unidades del C-212 Aviocar que se quedaron varios días. Al menos hasta después de yo haber dejado La Unidad estuvieron esos aviones allí. Los rumores y comentarios de entonces, decían que por fin se iba a hacer una pista en condiciones para no tener que suspender vuelos y saltos cada vez que llovían cuatro gotas, y dotar de nuevas alas al Escuadrón para  dar servicio a la Escuela, a Zapadores, y a la Patrulla Acrobática… ¡Qué pena, hombre –me dije-, ahora que el 267º se va es cuando viene lo bueno! Pero no queda ahí la cosa. La semana antes de que el Capitán Beltrán nos entregara la blanca, y uno a uno nos diera aquel emocionado abrazo de despedida del que todavía me acuerdo, se descargaron delante de La Escuadrilla metros y metros de tuberías y material para fontanería: El agua caliente llegaba por fin a nuestra Unidad, y el 267º había sido el último curso en haber pasado frío en la ducha durante toda la mili. ¡Vaya –volví a pensar-, justo ahora que me voy…!

Desde entonces no he vuelto a tener relación con nadie de La Escuadrilla, por lo que no estoy al tanto de si se llevaron a cabo esas mejoras sobre la marcha, o por el contrario se retrasaron. O si aquello no fue más que un bulo, que también pudiera ser. Aunque doy fe de que el movimiento de tierras se produjo, los aviones estaban allí, y las tuberías también. Mis ojos lo vieron todo. Pero podría ser que aquella concatenación de casualidades se debiera a otros motivos.

Al margen de estas anécdotas -tonterías de veterano de 54 años-, también mi curso fue distinto a los demás en otra cosa: Los cambios. Las altas y bajas producidas entre los mandos de la unidad, que ralentizaron, cuando no retrasaron, la formación de verdaderos equipos operativos.

Como he dicho antes, el Capitán Beltrán se hizo cargo de Zapadores a la vez que mi curso llegaba a La Escuadrilla. Pero este bravo militar, al que habría que haber visto si en vez de en su época le hubiera tocado vivir Las Cruzadas, Lepanto, o las Guerras de Flandes, y que en mi opinión nada tendría que envidiar al mismísimo Francisco Javier Girón y Ezpeleta, Duque de Ahumada y fundador de la Guardia Civil, sobre todo por sus dotes organizativas, no llegó sólo a La Escuadrilla. Con él traía un revolucionario proyecto cuyo resultado hoy todos conocemos: La transformación profunda de los Zapadores Paracaidistas del Ejército del Aire. Pero las circunstancias de aquel cuadro de mandos, y, en general, La Escuadrilla que encontró, tan distinta de lo que él traía diseñado en su cabeza, hizo que los cambios fueran inevitables. Unos cambios que llevaron a que el 267 curso, por ejemplo, no llegara a conocer ni a un solo teniente en la Unidad. Y no me refiero al empleo en sí mismo, que ya sabemos que en la milicia no siempre a igual empleo se realiza la misma función. No un teniente con 30 años de servicio, afuncionariado en una oficina y tratando todo el día con oficios, cuadrantes y estadillos, no. Me refiero a un teniente joven, preparado en todos los campos. Capaz de hacerse seguir ciegamente por sus subordinados sin tener que recurrir a  amenazas y arrestos. Dando ejemplo. Siendo el primero en la acción y haciendo que los demás se sientan seguros y protegidos bajo sus órdenes. Creando ilusión y sabiendo mandar y motivar. En definitiva, siendo un líder al que hay que seguir hasta el final; hasta la muerte.

Y esta carencia de tenientes se producía porque los míticos Sancho, Mayordomo y Merino habían ascendido al empleo de capitán, los tres a un tiempo, durante aquel caluroso verano de 1975, mientras el 267º se instruía en la Escuela. Al propio Mayordomo, al que yo sólo conocía de vista pues llevaría, si acaso, un mes o poco más como alumno recluta, lo vimos una mañana por La Base, vestido de blanco como un marino, y ya con las tres estrellas. Como anécdota puedo contar que el Cabo Instructor que estaba al mando de mi pelotón, interrumpió la actividad dirigiéndose al nuevo Capitán, al que saludó y dijo: “Mi Teniente, ya veo que es usted Capitán. ¡Enhorabuena!”. Mayordomo agradeció el gesto y rió el patinazo de buena gana, sin que aquel Cabo supiera muy bien a que venía tanta fiesta. Por la tarde, ya en la cantina, lo comentábamos Lorenzo Quintillá, Eduardo Alamar y yo mismo, que vivimos el lance en directo. Lógicamente las risas fueron protagonistas de nuevo y por largo rato, igual que lo habían sido aquella propia mañana.

El caso es que estos capitanes no volvieron ya por La Escuadrilla más que, acaso, de visita. Supongo que estarían haciendo cursos y a la espera de nuevo destino, o algo similar, ya que ignoro que decía el protocolo al respecto. Pero lo cierto es que mientras yo estuve allí, aunque del organigrama de La Escuadrilla que había en la oficina no se cayeron sus nombres, también es verdad que no vinieron nuevos tenientes a sustituirlos.

Por lo tanto las figuras de Jefe de Sección tuvieron que ser cubiertas por los sargentos más destacados. Y mira que los había buenos. Pero barruntando quizá lo que les venía encima en cuanto a más exigencia, más especialización, más profesionalidad, y más trabajo. Y quizá abrumado también por la edad, por la forma física requerida, por falta de mentalización, porque algún alto mando en otro destino lo quisiera llevar con él y lo incitara, por meros asuntos familiares, o quizá por una mezcla de todo, lo cierto es que alguno de ellos estaba pensando ya en poner fin a su permanencia en la Unidad. ¡Sí! Se veía venir que se iban a producir bajas, y así fue.

Los Sargentos Franco y Saiz, que mira que eran buenos que hasta habían estado haciendo de Jefe de Sección de manera accidental, nos dejaron para ir destinados a la propia Escuela. El Sargento Virgilio también fue trasladado sin que yo sepa donde, el caso es que no lo vimos más. Y algún otro Sargento había mostrado ya en petit comité su deseo de abandonar La Escuadrilla.

Caso distinto fue el del Brigada Núñez, ante cuyo recuerdo, al igual que ante el de tantos otros, me cuadro y mantengo el primer tiempo de saludo, a la vez que le mando un abrazo allá donde esté. De este Caballero de la Milicia quería decir que estuvo enfermo o accidentado una larga temporada. Creo que fue algo de ciática, pero el hombre, aún así, cojeando solía venir casi a diario por la Escuadrilla, aunque sólo fuera un rato. Atendía asuntos urgentes en la oficina y hacia deporte para recuperar la forma. Y eso a pesar de los fuertes dolores que sufría.

Pero como ya dije, el Capitán Beltrán traía su plan preconcebido. Y conociendo su dominio táctico y estratégico, ni se me ocurre pensar que allí ocurrieran cosas al azar. Es más, pienso que el nuevo Jefe de La Escuadrilla ya contaba con esto y lo preveía. Y lógico es suponer que también él habría mandado llamar a gente de su confianza, conocidos de su época de Teniente que estuvieran desperdigados por lejanos destinos.

Se creó una nueva plaza de Brigada que fue inmediatamente cubierta. Por desgracia no recuerdo los apellidos de este nuevo mando, pero creo que su nombre, igual que el del Brigada Núñez, era Santiago y quizá el apellido fuera Fuentes, pero no lo puedo asegurar. Lo traté poco tiempo, pero me gustó; y me gustó mucho. Y como no creía que el Brigada Núñez fuera a dejar Zapadores por nada del mundo, me licencié sin saber cual iba a ser la verdadera función de cada Brigada, pues para administración de La Escuadrilla solamente, con uno de ellos habría bastado.

Así que teníamos un Capitán Jefe de Escuadrilla y dos Brigadas. El resto de la suboficialidad recaía en los Sargentos Imbernón Imbernón, todo un lujo para La Unidad y en quien mejor se retrataba el papel del Sargento Mayor de las películas americanas de comandos. Un preparador de categoría y enamorado de su trabajo y de La Escuadrilla. El Sargento Malavé, práctico y ducho en golpes de mano y transmisiones. El Sargento Juan Domingo, con un fondo de pura sangre que me encantaba. Igual que me encantaba su forma de andar cuando íbamos de marcha, porque no daba ni un tirón ni un parón. Y porque cuando era él quien talonaba, se podía calcular sin margen de error el tiempo a emplear en cada trayecto, y además llegábamos más descansados a los objetivos. El Sargento Benítez, responsable del óptimo estado del armamento y aquellos viejos equipos de guerra… Y hasta aquí llegaba lo que había disponible en cuanto a suboficiales. Porque el Sargento Medina estuvo una larga temporada de baja sin que pueda recordar si fue por enfermedad o por accidente; no obstante mis recuerdos ligan más a este sargento a la patrulla acrobática que al ejercicio del día a día con la tropa vestida de camuflaje. Y por supuesto no me puedo olvidar de dos formidables sargentos: Luque y Del Corral. Estos dos se encontraban realizando el curso guerrillero y casi no me dio tiempo a conocerlos en profundidad, aunque sí lo suficiente como para calificarlos de marchosos, marchosos, y con preparación guerrillera auténtica. Precisamente mantengo un recuerdo impresionante del Sargento Del Corral, que no quiero dejar de contar. El caso es el siguiente: Poco tiempo antes de licenciarme se programó un ejercicio de tiro en el polígono de Jabalí Nuevo, al que me apunté voluntario por escaquearme un día de la oficina. Allí echamos la mañana gastando munición y alguna que otra granada, cuando a la hora de volvernos para La Base apareció sobrevolando nuestras cabezas un pajarraco negro, tipo cuervo pero algo mayor. Tanto de grande sería así como una gallina, y que vino a posarse sobre un cerro, a una distancia de donde nos encontrábamos que en ningún caso calculo inferior a los mil doscientos o mil trescientos metros. Entonces los demás sargentos empezaron a animar a este compañero para que disparara al dichoso grajo. En un minuto se caldeó el asunto. ¿A que no eres capaz? ¿A que no te atreves? ¡No tienes huevos! -le decían-. Preguntó entonces este sargento entre los soldados: “A ver. ¿Quién tiene un fusil preciso y de confianza?” Porque, claro, él portaba un subfusil Z-62, que no es precisamente un arma de alcance y precisión. Y contestó sonriendo el grandísimo Zapador sevillano Manuel Rodríguez de la Rosa, del 277º, curso de tantos buenos zapadores: “Yo, mi Sargento. Mi fusil es de fiar. Dispare con él y si el pájaro se escapa volando será usted quien ha fallado. No culpe al fusil”. Entregó el arma al sargento, quien lo primero que hizo con ella fue echársela a la cara como apuntando a un objetivo imaginario. Repitió ese movimiento hasta tres o cuatro veces buscando su complicidad y familiaridad. Puso en el cargador un par de balas, hincó una rodilla en tierra y descansó su cuerpo sobre el pie que le quedaba más retrasado. Todos seguíamos esos movimientos con la respiración contenida, como si en el lance nos fuera la vida. Algunos cruzábamos los dedos. El Sargento Del Corral aguantó también él la respiración y apretó el gatillo. Un solo disparo bastó. El pajarraco cayó rodando y los presentes estallamos en tal aplauso y algarabía, que poco faltó para alzar a hombros al tirador, como si de un torero en tarde de gloria se tratara. El tiro había sido difícil: Largo… Muy largo... De abajo a arriba y con el sol de frente… Al compañero cordobés Antonio Pérez León, creo que fue a quien tocó ir a recoger el bicho. Toda una caminata de al menos 4 kilómetros entre ida y vuelta. Y eso, porque en su caída el animal rodó bastantes metros viniendo a parar mucho, mucho más abajo de donde se encontraba en principio. Me he querido recrear, a la vez que he disfrutado narrando este relato que nos impresionó a todos, porque realmente aquello tuvo su mérito. ¡Enhorabuena, mi Sargento!

Las plazas dejadas por los Sargentos Franco, Saiz y Virgilio fueron rápidamente cubiertas por los Sargentos Marcelino, Seoane y un coloso Rodrigo que imponía con su sola presencia. Gente experimentada los tres y que encajaba perfectamente con lo que supongo serían los planes del Capitán. Creo, incluso, pero vuelvo a tener una laguna en mis recuerdos, que vino otro sargento. No recuerdo como se llamaba -¿podría ser García?-, y me parece que era algo rubianco, de ojos claros, y más bien de baja estatura, pero muy activo y dinámico. Casi no lo traté. Igual me ocurre con otros sargentos, a los que no sé si conocí en Zapadores o fue en La Escuela, pero cuyos apellidos me suenan una barbaridad: Soriano y Maraver. ¿De qué me sonarán esos apellidos? En este momento creo que se me empiezan a mezclar algunos recuerdos.

Para ir cerrando el tema de los suboficiales, diré que se crearon dos nuevas plazas, para las que no se requería ser paracaidista. Y vinieron a cubrirlas dos sargentos con los galones cogidos con alfileres ya que no habían tenido tiempo ni de coserlos tras su reciente ascenso. Ya me entienden: Acabaditos de pescar. Pienso que no tenían muy claro donde se metían pero ya estaban allí. Y quien entra en Zapadores tiene que ser paracaidista, así que para eso estaba la Escuela, y el Capitán para convencerlos. El Sargento Bolarín venía de Los Alcázares, y yo, para mis adentros, lo valoré como un Zapador sin roquisqui. Eso de momento, que luego ya se vería. Pero sí, estaba seguro de que a corto plazo podía encajar. El Sargento Alcaide venía de Málaga, y había estado destinado en la banda de música donde creo que fue un figura. Pero, claro, Zapadores era otra cosa.

Los dos obtuvieron el roquisqui. Bolarín fue destinado provisionalmente a la oficina, mientras Alcaide, en tanto, lo fue a la sala de plegados. Este último había llegado con sobrepeso notorio y en poco tiempo perdió bastantes kilos. Se estaba matando, el hombre, haciendo deporte, y supongo que pasando hambre. Ignoro a que llegaría en ese su primer destino como suboficial. Pero pienso que no lo tendría fácil.

Había otro sargento cuyo nombre, si no recuerdo mal, era Rafael Cladera Noguera, pero apenas lo vimos por La Escuadrilla, ignoro la razón. De mi curso no creo que lo recuerde casi nadie, pero yo sí tengo un motivo para hacerlo, aparte del de leer su nombre a menudo en el organigrama de la unidad, y el de tener que escribirlo en diferentes estadillos y documentos: Este sargento vivía en Sevilla, en las cercanías del Estadio Benito Villamarín, y yo estuve en su domicilio. Hubo necesidad de entregarle en mano, y de forma urgente, una importante documentación. Y el Capitán, que aunque hacía la vista gorda, era conocedor de que yo me desplazaba, furtivamente, algunos fines de semana hasta Sevilla, en autostop, me propuso hacer ese recado. Aquello lo entendí como una orden, que fue acatada con mil amores. Entonces vi por primera vez al Sargento Cladera, y quizá lo viera dos veces más en esporádicas visitas suyas a La Escuadrilla.
     
En aquella época ser Cabo primero en Zapadores era tanto como ser Teniente pistolo de una tranquila Escuadrilla de Tropas y Servicio de una Base cualquiera. Sólo los diferenciaba el sueldo y la emoción con  que ambos realizaban su trabajo. Lo digo porque era gente experimentadísima por largos años de servicio, debido al tapón que había entonces para los ascensos. Lo que voy a decir puede sonar pedante, pero creo recordar que mientras en otros destinos del Ejercito Español, a Cabo primero podía llegar personal de reemplazo durante la mili ordinaria, en Zapadores era preciso cubrir un período de cinco, seis o siete años de servicio antes de llegar a sargento. Igual o más tiempo que un cadete para alcanzar el despacho de teniente. Pero con la particularidad de que ante un apuro en un hipotético combate, yo hubiera preferido tener a mi lado guardándome las espaldas al Cabo primero Adolfo Borrego Corrales, por poner un ejemplo, cien veces antes que a un Teniente pistolo salido de la Academia. Y me da que pensar que, tanto al entonces Capitán Beltrán, como al propio Ministro del Aire de la época, Excmo. Sr. Teniente General Don Carlos Franco Iribarnegaray, si se les hubiera preguntado al respecto, habrían optado por lo mismo que yo.

Bueno, pues teníamos una plantilla de Cabos primeros formada por el citado Adolfo Borrego y Prados como más veteranos. De echo ambos ascendieron a sargento creo que en el último tramo del 76, con lo que se tuvieron que ir. El Sargento Prados se marchó de inmediato, ignoro el destino. Al Sargento Borrego sí lo veíamos alguna vez por La Escuadrilla, como de visita, y con uniforme de calle, nunca ya de camuflaje. No sé cual era su situación y jamás lo pregunté. No era mi forma. La discreción era mi arma más poderosa, y de lo que no me contaban de motu propio, no me enteraba. Pero me gustaba creer que quizá el Sargento Borrego fuera destinado a la Escuela para no estar demasiado lejos del Capitán Beltrán, ni de Zapadores, y pensando ya en futuro; y que ese sería el motivo por el que  seguíamos viéndolo de cuando en cuando por allí. Pero conste que esto no deja de ser una idealización mía; una fantasía de mi propia cosecha. Volviendo al Sargento Prados, tengo que decir que no llegué a conocerlo de Cabo primero. Padecía una larga dolencia que lo tenía apartado del servicio, y en esa situación le llegó el ascenso. Lo vi por primera vez ya con los galones de sargento y uniforme de calle, y así estuvo yendo a La Escuadrilla durante varios días, pero sin hacer nada concreto más que hablar con el Capitán, visitar un rato al Brigada Núñez en la oficina, y charlar con los compañeros durante los tiempos muertos entre las distintas actividades.

Otro grandísimo Cabo primero era Justo… ¡Sí..! Justo otro al que confiaría mi vida, y valga el juego de palabras, porque mejor militar y mejor persona no se podía ser. Los magníficos Bonilla, Henarejos, Rodríguez Prados, Urriagli, Benedicto, Heliodoro, Santana… Todos a cual mejor. Alguno un tanto fantasmilla; pecado de juventud que es de suponer se purga con los años, pero auténticos… Iba a decir una tontería. Iba a decir auténticos militares, pero esas no son las palabras precisas, ya que eran más que eso. Eran auténticos Cabos primeros Zapadores Paracaidistas del Ejército del Aire. Con eso queda dicho todo.

Para el final he querido dejar a cuatro Cabos primero por razón de haberlos tratado menos: Muro, un marchoso fantasmón que dejó Zapadores para alistarse en El Tercio. Él sabría lo que hacía. Veracruz y Gurrea porque cuando llegué a la Escuadrilla ellos marcharon al curso guerrillero, y cuando volvieron ya a mi me quedaba poca mili. Pero los veteranos que los conocían bien, hablaban maravillas de los dos. Y Panadero, con una larga convalecencia producida por un grave accidente paracaidista del que con suerte, y por su dilatada experiencia como manualista, salvó la vida. Pasaba temporadas en el hospital que alternaba con cortos permisos en su domicilio. De cuando en cuando venía por La Escuadrilla y se quedaba unos días que dedicaba a leer  y a aburrirse. Lo recuerdo triste casi siempre, aguardando una recuperación que no acababa de llegar y lo tenía desesperado.

Cuando casi tengo cerrado el capítulo de los Cabos Primero, sé que no está completo del todo. Había uno de ellos, algo rubio, del que no recuerdo su nombre ni que hiciera nunca de “semana”. Es más, no recuerdo ni siquiera verlo mucho por La Escuadrilla. Es extraño todo esto. Pero en cambio sí lo recuerdo cuando murió Franco. Estaba haciendo de suboficial de guardia, servicio que yo también tenía ese día junto a Ambrosio Alcudia Luque del 257º, Vicente Martín Callejo, de mi curso, y alguien más habría aunque no lo recuerdo bien, allí en el Centro de Emisores de Gran Canaria. Aquella noche la pasamos elucubrando sobre qué podía pasar a partir de ese momento.  

Sobre los Cabos primero también tengo que decir que próxima ya mi salida de la Escuadrilla, fueron ascendidos a este empleo los Cabos Gálvez, Ballabriga (Chacho), Fulgencio (Chencho), Francisco Borrego Corrales y no recuerdo si también su hermano Manuel. Qué buena saga ésta de los hermanos Borrego, de la que también llegué a conocer a Jorge, que me pareció tan buen elemento como sus hermanos mayores, pero al que no tuve tiempo de tratar demasiado.

Bueno, en estos ascensos, casi en patrulla, de Cabo a Cabo primero, no sé si  me falta o me sobra alguien. Francisco y Manuel Borrego, Chencho y Gálvez, con varios reenganches ya cada uno, y asfixiados sin plaza para poder ascender, llevaban de hecho bastante tiempo asimilados a Cabo primero. Incluso hacían de Sargento de Semana. Y tras esos multitudinarios ascensos quien sí fue asimilado a Cabo primero fue el Cabo del 241º José Antonio Jaén Moyano. ¿He dicho algo? ¡Casi nada! ¡Valiente pedazo de Zapador!... Con temple y una personalidad extraordinaria. Y quien quizá fuera asimilado también a Cabo primero en esas fechas era el Cabo Antonio Rodríguez García, conocido por todos como Vitisa. Pero el hecho de que fuera asimilado a Cabo primero entonces no lo tengo muy claro. Sí recuerdo que pertenecía al Curso 257, justo el anterior al mío, aunque quiero pensar que vino trasladado como Cabo pistolo desde Sevilla, con las ideas claras de quedarse, y por eso quizá se le diera ya ese trato de confianza.  

Me quedan por ahí en la memoria otros dos Cabos reenganchados. Uno no sé si del 248º o del 252º, aunque más bien diría que de este último. Era murciano, con toda seguridad, y casi me atrevo a decir que de Alcantarilla. No recuerdo su nombre con nitidez, aunque quizá fuera Clemente… Lo que sí recuerdo es que un día se presentó en la oficina para hablar con el Capitán y decirle que quería irse a la Policía Armada, porque él no podía estar allí cinco o seis años más, esperando un sueldo que le permitiera hacer un proyecto de vida. El Capitán intentó disuadirlo en primer instancia, para terminar diciéndole que en su opinión, antes La Guardia Civil que La Policía Armada, porque era más cuerpo. ¡Sabia decisión, mi Capitán! Opinaba yo también en silencio. No recuerdo ahora si este Cabo se quedó o que decisión tomara. Y ya sólo me queda citar al Cabo Sebastián Fernández Aguilera, sevillano del 257º, que había tenido ya el honor de ser Soldado Zapador de primera, algo que en aquella época no se estilaba, y que lo hacía singular y único en la Escuadrilla, y ahora, licenciado ya su curso, esperaba paciente su asimilación a Cabo primero.

En el 252º, casi a la hora de licenciarse, aparecieron dos soldados diciendo que se querían quedar. Se inscribieron al curso de cabo y se les ascendió como habilitados. Eran los sevillanos José Luis Belluga Cáceres y Miguel Ángel Luque Monge. Tras un primer reenganche de seis meses, creo que ambos dejaron el ejército. Al menos Luque así lo hizo.

Y me parece que con esto se cierra el listado de mandos de aquella escuadrilla que conocí, en cuanto a profesionales y tropa reenganchada se refiere. No he querido entrar en aquellos cabos de reemplazo que esperaban licenciarse pasados sus 20 meses de mili. Sería ardua la tarea y un error intentarlo siquiera, ya que los olvidados, con toda seguridad, superarían a los recordados.

Mi curso, de hecho, dejó varios reenganchados, de los que creo que hicieron carrera solamente el Cabo José Francisco Jerez Moreno, malagueño que llegó como pistolo, no sé si desde El Copero o desde Tablada, tras haber pedido traslado para hacer el curso y quedarse en Zapadores. Y el Cabo Carlos Segura Bernal, barcelonés que ya había sido Cabo en la Escuadrilla de Instructores, creo que con el curso 241, y se licenció en su momento. Ahora estaba repitiendo mili y había vuelto para quedarse. Los Cabos Lorenzo Quintillá Quintillá, José Luis Alves Lemos y José Diego Sánchez Linares, que también se reengancharon, creo que dejaron pronto la milicia, según deduzco de recientes lecturas en esta página web.

Es de esperar que cada soldado tuviera entre el mando sus simpatías y preferencias personales. Yo me decantaba por El Capitán Beltrán, el Brigada Núñez y el Cabo Chencho, por cercanía en la oficina. Creo que los conocí bien, y eso me llevó a admirarlos y tenerles cariño. Como sargento me quedaba con Imbernón y Juan Domingo. Como cabo primero Adolfo Borrego, Justo y Bonilla eran mis preferidos. Y como cabos Francisco y Manuel Borrego, y el completísimo Jaén Moyano eran quienes me atraían.
Para mí, por encima del bien y del mal, la gente del 267º eran mis hermanos, y a pesar de no verlos ni haber tenido su contacto durante más de treinta y tres años, en mis recuerdos, por todos ellos sigo sintiendo un cariño especial. Incluido Carlos Segura Bernal, y pese que a él le gustaba fanfarronear diciendo que pertenecía 241º. Por eso voy a nombrarlos a todos, siquiera sea como pequeño homenaje, ya que narrar aquí algo de cada uno de ellos sería prolija tarea. Aunque podría hacerlo… Quien sabe si algún día…

Cabo Eduardo Alamar Salcedo, de Valencia.
Cabo José Luis Alves Lemos, de Palma de Mallorca.
Cabo José Francisco Jerez Moreno, de Málaga.
Cabo José Luis López González, de La Coruña.
Cabo Manuel Paz Vera, de Sevilla.
Cabo Lorenzo Quintillá Quintillá, de Zaragoza.
Cabo José Diego Sánchez Linares, de Las Palmas de Gran Canaria.
Cabo Carlos Segura Bernal, de Barcelona.
Zapador Fortunato Casado Arroyo, de Málaga.
Zapador Federico García Sanz, de Santander.
Zapador José Pedro García Pozo, de Cáceres.
Zapador Vicente Martín Callejo, de Alicante.
Zapador Antonio Peña Guiscafré, de Palma de Mallorca.
Zapador Raimundo Román Mateos, de Alicante.
Zapador Justo Serna Martínez, de Murcia.
Zapador Silverio Silva Carballo, de Madrid.
Y el que suscribe…


(Relación alfabética y por empleo. Como corresponde)


Los componentes de este curso ya sabemos de dónde es cada uno: Alguno de pueblo, otro oriundo de una provincia pero prefería sentirse de otra. Incluso con reminiscencia portuguesa o recriado en Alemania había gente en el 267º. Pero aquí he preferido reseñar a cada uno por la provincia de su domicilio civil para simplificar, y para localizar mejor el recuerdo, porque no todo el mundo tiene por qué saber dónde está Archidona, Crevillente o Porto Pi. A todos ellos quiero mandar desde estas líneas un enorme abrazo. Abrazo que hago extensivo a la totalidad de aquellos Zapadores que conocí y traté. No voy citar a nadie más porque serían inevitables los olvidos, y a nadie quiero herir. Ni qué decir tiene que al haber citado a los mandos he podido olvidar a alguien, pero me he arriesgado porque, lógicamente, me es más fácil recordarlos a ellos que hacerlo con la totalidad de La Escuadrilla, desde el Curso 248 al 284º que fue con los que conviví, ya que el 243º se licenció estando yo todavía en La Escuela, y el 297º creo que estaba en La Escuela aún cuando me licencié. Aunque esto último no lo podría asegurar. No obstante, vuelvo a pedir disculpas por los errores que a buen seguro abundan en este relato, por los olvidos imperdonables que también los habrá, y por supuesto, por esos nombre que se me han resistido y que tengo en la punta de la lengua.

Alguien me preguntará ahora si no había ningún cabroncete en La Escuadrilla. Para quien eso pregunte tengo la respuesta preparada. Aquella Unidad no dejaba de ser un apéndice de la sociedad en la que vivíamos, y en la que de todo había. Pues claro que allí también había de todo. Pero los más eran los buenos. Duros en el trabajo diario. Muy duros. Pero buenos. Los otros, los despreciables e indeseables eran insignificante minoría. Además, como siempre ocurre en la vida, se les veía venir enseguida y tomaba uno sus precauciones. Allá ellos con sus complejos y miserias.

Muchas fueron las veces que pensé en quedarme en el Ejército. Hubiera sido bonito. Pero, como otros muchos, no me sentía con fuerzas de soportar allí varios años antes de poder crear una familia y poder encarar un proyecto de futuro. Fuera me esperaban la familia, los amigos, una novia con la que me quería casar cuanto antes, como así hice; un trabajo que me permitía vivir con la holgura de por lo menos un teniente con algún trienio… Y todo esto pudo más.  Lástima que España pagara tan mal a sus fuerzas armadas.

Ahora, cuando en la prensa o en internet leo alguna noticia sobre los Zapadores, la verdad es que casi no los reconozco. Al lado de los actuales creo que los de mi época éramos pistolos. ¡Que armamento tienen! ¡Que equipos! ¡Que dotación! ¡Misiones en el extranjero! ¡Y esa boina verde que tanto respeto impone!... ¡Seguid así muchachos, que sois los mejores!

Estoy disfrutando mientras esto escribo, y me gustaría seguir haciéndolo más y más, porque anécdotas y batallitas recuerdo algunas todavía. Pero eso no tiene importancia ya, y puestos a ello, todos tendríamos cosas que poder contar. Además ¿a quien podría interesar eso ahora? No sé. Vuelvo a decir que quizá algún día me decida.

Y me vais a permitir que la despedida la personalice en aquel Capitán Beltrán, máxima autoridad de mi vieja Escuadrilla. Pero sabed que el eco de mis palabras tiene como verdadero destino llegar al corazón de todos aquellos que forman una raza única, la raza de los Zapadores Paracaidistas del Ejercito del Aire, en cuyo ideario lleva grabado como forma de vida el más bello lema: “Sólo merece vivir, quien por un noble ideal está dispuesto a morir”.     

Mi Capitán… Quiero decir… Mi Teniente General: A sus órdenes. Siempre a sus órdenes. Mande vuecencia lo que quiera, y reciba un fuerte abrazo.   
    



Cristóbal María Caro Porrúa
Veterano Zapador Paracaidista del Ejército del Aire
CURSO 267
cristobal.caro@telefonica.net



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