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Una anecdota

El Rincón del Zapador

       
 TODO QUEDO EN UNA ANECDOTA
       
47 curso. Primer Escuadrón de Paracaidistas del E.A.


Transcurría el año 1959, el 47 curso de paracaidistas del E.A., al que pertenecíamos un buen grupo de jóvenes que compartíamos aquella ilusión por surcar el cielo con los JUNKER 52, que eran los aviones militares en los que se efectuaban los saltos en paracaídas. Este aparato era un trimotor, cuya dotación estaba compuesta por el piloto, el segundo piloto, un radiotelegrafista, más un mecánico y cuyo aforo era de una patrulla de doce Cazadores Paracaidistas, más un inspector de salto. Este último tenía la misión de supervisar todos los pormenores, como comprobar que el mosquetón del paracaídas estuviese sujeto al cable de acero del avión,   para que en el momento de dar la salida todo funcionase a la  perfección.

Debía dar la orden para la iniciación del salto, e incluso pararlo, si el piloto se lo indicaba, puesto que este podía recibir una contraorden desde tierra,  motivada por algún contratiempo como podía ser  una fuerte racha de viento. De esta forma se evitaban accidentes y también era importante evitar que la patrulla se disgregara al tomar tierra, puesto que se perdía mucho tiempo en reagruparla.

Era a finales de la primavera de 1960, cuando el Primer Escuadrón, ubicado en Alcalá de Henares, debía efectuar un salto desde el mismo aeródromo de la base. La mayoría de las veces debido  a la escasez de aviones,  solamente  se disponía de un solo aparato,  esto representaba que si tenían que saltar veinte patrullas el piloto debía realizar la misma maniobra en repetidas ocasiones.

A media mañana, la patrulla que mandaba el entonces teniente D. Francisco Javier Viver de Bondía, estaba sobrevolando la zona de lanzamiento. El avión navegaba a 350 metros de altitud, cuando el piloto dio aviso de prepararse, y al cabo de unos instantes la orden de salto. Esta maniobra se realizaba en unos nueve segundos, la rapidez  tenía una gran importancia debido a que la puerta de paso era muy pequeña y al salir debía hacerse bastante agachado. Algunas veces alguno quedaba atrancado, era entonces cuando el inspector de salto  procedía a dar una pequeña ayudita, que no era más que un simple empujoncito o patadita.

Terminada la salida de todos los componentes de la patrulla, el piloto se dirigía sin perder tiempo a tomar tierra, puesto que debía embarcar a los siguientes saltadores. Era entonces cuando el inspector de salto tiraba de las cintas extractoras de los paracaídas y así recuperar las fundas que quedaban en el exterior del avión. En este momento es cuando desde tierra observan que un paracaidista ha quedado colgado del avión y está siendo arrastrado por el aparato. En cuestión de segundos se da la orden al piloto, de que vuelva a elevarse y no tome tierra. También el inspector de salto se da cuenta de lo ocurrido, ya que al tirar de las cintas extractoras nota una fuerte resistencia. A excepción del piloto, toda la dotación intenta a pulso recuperar al saltador, y es obvio que no tiene muchas posibilidades de éxito de que salga bien librado, ya que si él con su propio esfuerzo logra desasirse, es muy difícil que se abra el segundo paracaídas de seguridad. Perseveraron en la recuperación  hasta que pasados unos veinte minutos lograron introducirlo  dentro del habitáculo del avión sin ninguna lesión importante, sólo alguna contusión que los mismos compañeros que saltaron detrás,  le hicieron al chocar contra él.

A los pocos instantes  tomaron tierra, y se reanudó con toda normalidad el salto de las patrullas restantes.
Ángel García del Riego fue el Cazador Paracaidista al que  le ocurrió este suceso, pero haciendo acopio de una gran fuerza vital y mental, nuestro compañero volvió a saltar con un éxito que es digno de mención, y que nos enorgullece a todos.

No es fácil tratar de explicar de forma sencilla, la anécdota de que unos días después, recibió una felicitación del mando,  el segundo piloto: Alférez D. Alfonso de Borbón y Dampierre, Duque de Cádiz y nieto del Rey Alfonso XIII,  que en aquel entonces pertenecía al M.A.U. (Milicias Aéreas Universitarias) por su buena actitud a propósito del rescate de nuestro compañero.

Después de pasados 50 años no es nada extraño que haya diversas versiones a propósito de este suceso que he descrito. Todos los datos de esta narración, están basados en los diferentes relatos que he ido recopilando de compañeros, inclusive el mismo afectado, y que evidentemente en muchas ocasiones no coinciden, lo que me ha obligado a editar lo que está bien fundamentado y más razonable.




    Por Enric Pou i Quert
      Cazador Paracaidista del Curso 47 E.A.

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